13 junio, 2014

1 Jun







         1 de Junio. 07:30AM. Conspicuo amanecer en la rojiza arena del planeta Calblanque. Incruenta, la mañana olía a frescura virgen, a crustáceo ocioso, y el mosquito tigre, ávido y  pugnaz, no daba la cara. La lluvia intermitente boicoteaba sus perniciosas intenciones. No había nadie allí, a excepción de billones de bacterias, millones de insectos, miles de peces y crustáceos, cientos de aves y lagartijas, decenas de conejos y zorros…   y yo. Soy uno más entre ellos, empero, no había nadie más cogiendo olas. Un tácito e  iconoclasta mensaje  surgía del fondo del mar y me licuaba en el entorno. Casi dos horas de soledad entre los de mi especie. Casi dos costillas fisuradas. Casi dos salidas por la roca. Casi dos kilómetros de placer. Llegan los de mi especie.




27 marzo, 2014

YO y mi máquina



Yo en mi máquina de supervivencia biológica

De acuerdo Sr. Dawkins1, todos los seres vivos somos máquinas de supervivencia construidas por nuestros genes, esos replicadores ancestrales que llevan aquí miles de millones de años con un único “fin”; duplicarse y asegurar, generación tras generación, su preciada inmortalidad. Durante millones de años la selección natural ha perfeccionado a muchas de estas máquinas, creando una ingeniería biológica con una capacidad de adaptación al medio sin igual, conductas moldeadas por estrategias evolutivamente estables que aseguran la supervivencia. Pero… entonces, ¿qué soy yo? Los genes sólo son unidades de información, secuencias de nucleótidos en largas moléculas de ADN, ¡no piensan! ¡Pero yo sí! ¿Acaso mi conciencia, mi mente o como quieras llamarle es una ilusión? Según Douglas R. Hofstadter2 somos la alucinación alucinada por una alucinación, un extraño bucle creado desde nuestra actividad cerebral, la mayor frecuencia de un espectro de niveles de ordenación de materia.

Yo me quedo con que somos ambas cosas, la máquina (el homo) y la mente (el sapiens), ambas indisolubles, entrelazadas como dos eslabones ¿Podríamos separar estos eslabones?

Veo al “yo”, derivado de la actividad cerebral, del conectoma, sea ilusión o no, como a una entidad abstracta capacitada para la introspección, una “llama” que se enciende bajo unos parámetros físicos cerebrales determinados, como una estrella que comienza a brillar si cumple los requisitos adecuados.  Un “yo” habitando en una máquina de supervivencia de la cual germinó y se desarrolló paralelamente, en una continua lucha por dominar las emociones que fueron modeladas en su vehículo biológico. Un ente pensante con capacidad, entre otras cosas, de renunciar voluntariamente a la supervivencia o a la reproducción, y tremendamente dependiente de su soporte cerebral, del circuito neuronal  de conexiones sinápticas que le dan existencia.

Generación tras generación nuestros genes se van combinando con otros, hijos, nietos, bisnietos y así sucesivamente hasta su práctica disolución en un acervo génico ecuménico. Yo, sin embargo, únicamente perduraré una generación y poco más que en el recuerdo de una o dos más. Cuán fugaz soy, qué impermanencia la mía ¿habrá alguna manera de alcanzar la inmortalidad? Quizás en un futuro con la tecnología adecuada podríamos extraer del cerebro de nuestra máquina de supervivencia biológica una copia del circuito neuronal de conexiones sinápticas, ese que nos da la existencia de nuestro “yo” e instalarlo en un soporte sintético no perecedero, o deseablemente, más perdurable en otro ideal de máquina. No sé. A mí ya no me da tiempo.

Suerte a las futuras generaciones.


1.- Léase El gen egoísta de Richard Dawkins

2.- Léase Yo soy un extraño bucle de Douglas R. Hofstadter




20 febrero, 2014

Las moléculas del agua









Puede ser gris, frio, incluso metálico

no importa, siempre y cuando te golpeen

el fluido gana en matices, colores, brillos

el aire es impenetrable, a períodos

no importa, estas ahí, y te golpean

no dejan de golpearte

en un movimiento perpetuo


sempiterno